No pensaba acercarme a Madrid este de San Isidro y había pospuesto mi habitual visita, si acaso, para la feria de otoño. Pero después de quitarme un peso de encima, sacudirme una losa que tuve tres meses encima, decidí que de alguna forma había que celebrarlo, y nada mejor que hacerlo a mi manera. La verdad es que, desde que se anunciaron

sus carteles, el presente serial isidril no ofrecía demasiados alicientes y a excepción de alguna corrida suelta y las inefables de
Adolfo y
Victorino que cerrarán el ciclo, y que por motivos laborales este año me resultaban imposibles, no animaba precisamente a visitar el Foro. Una de esos festejos era el del próximo domingo donde, además, del atractivo de los
Cuadri que, al margen del juego que puedan dan en el ruedo, garantizan que lo que se va a presenciar, al menos, va a ser una corrida de toros, se sumaba la comparecencia ante ellos de el maestro
Frascuelo, un torero de los que quedan pocos y del que siempre esperas ver, como mínimo, algún detalle de su más que innegable torería. Así que, a mediados de semana, comencé a acariciar la posibilidad de darme un pequeño homenaje y, una vez solventados algunos cambios laborales pertinentes, pegarme una vuelta por la Villa y Corte para saludar a los amigos y acercarme a Las Ventas.
El primer jarro de agua fría me lo echó
Javier Sáenz cuando me informó que podía haber problemas de entradas porque, curiosamente y a pesar de ser corrida para aficionados, era una de las que primero había agotado el papel tras ponerse a la venta las localidades sueltas una vez retirados los abonos. Una llamada al amigo
Pedro García Macías -aún a riesgo de que algunos cretinos me pudiesen tachar de gorrón y aprovechado- dejó solucionado ese capítulo que se hubiese resuelto, así mismo, gracias a la gentileza de
José Carlos Fernández-Villaverde, quien puso a mi disposición dos entradas en caso de que esa gestión hubiese resultada fallida. El segundo remojón llegó ante las dificultades de encontrar un alojamiento
ad hoc en esas fechas. No era cuestión de incordiar para sólo dos días a mi más que amigo
Juan Luis Rovira, una

de las mejores voces del país, actor y director de doblaje, con quien tantas veces compartí en el 7 algunos momentos para recordar y otros que, evidentemente, ya están olvidados. Además, no me seducía tener que instalar mi cuartel general en Rivas-Vaciamadrid por mucho que este último fuese el pueblo de
Marcial Lalanda y que su Ayuntamiento sea uno de los más rojos de todo el estado español. Gracias a los buenos oficios de
Bastonito logré contactar con
Marcelo Fortín quien, en un visto y no visto, solventó el asunto y me consiguió habitación en el hotel en el que se aloja, a un pasito de la plaza de Santa Ana y, por tanto, de la Cervecería Alemana, templo de culto y casi obligada visita en mis escapadas al Foro.
De manera que, una vez seco de los dos previos chaparrones, convertidos en fugaz shirimiri gracias a los amigos, no me quedaba más que sacar los billetes del Alvia, lo que hice el pasado viernes, y esperar a

l momento de subirme en el tren. Dos días que habrá que vivir a tope y, que más que descanso se convertirán en una auténtica paliza física, pero que merecerán la pena al poder compartir mantel con la gente de
Toro, torero y afición, y poder saludar a viejas y nuevas amistades como
Javier,
Pedro,
Costillares,
Álvaro, las gentes de Vall d’Uxó con las que coincidimos en el I Encuentro de Aficionados, supongo que
El Niño de las Ventas, poder pegarles un achuchón a
Ghosty y a
Alma, conocer de una vez a
Jandro a cuyas crónicas fiables entro todos los días, y si da tiempo caer a la hora del café en la comida que también organiza
Taurofilia, lástima no tener el don de la ubicuidad, para dar un abrazo a
Martín,
Pepe Carlos,
Joaquín Monfil y a todos los que en torno a ellos se reúnan. Si luego los
Cuadri embisten y a
Frascuelo le da por mostrar su torería el viaje habrá resultado completo y la celebración que me he organizado, a mi manera, un auténtico éxito. Pero éso, y todo lo demás, lo contaré a la vuelta.